Para que una casa inspire temor no hace falta que sea vieja y grande.
Tampoco que esté situada en un barrio en particular, o que en ella hubiese
ocurrido algún crimen. Para que el solo recordar, o soñar, con una casa de
miedo y angustia; bastan rincones, tardes interminables, voces que te llaman,
juguetes. Para que una casa inspire miedo o angustia en sueños, no son
necesarios fantasmas o maldiciones. Basta con el recuerdo atormentado de un
niño al que ya no le quedan recuerdos.
En la primavera de l974, estando yo a punto de cumplir los cinco años,
nos mudamos a un nuevo barrio, en el pueblo de provincia donde vivíamos. La
casa era casi nueva puesto que había pertenecido a una familia que, al año de
haberla construido, la vendió sin estrenarla porque habían decidido mudarse a
la capital. Nunca supe cual fue el motivo exacto, pero estaban muy apurados y
el precio que le pidieron a mi padre fue bastante bajo. No sólo la ganga lo
hizo feliz sino que también el hecho de que aquella casa contaba con un
galponcito que podría usar como taller de reparaciones. Aclaro en este punto
que mi papá trabajaba reparando electrodomésticos y mi madre era costurera, por
lo tanto eran independientes y ejercían sus respectivos oficios en la casa. Por
lo que nunca podría quejarme de padres ausentes.
A mamá también le gustaba tejer con agujas y lo hacía muy bien, su
pasatiempo favorito era fabricar acolchados o recuperar prendas de lana
haciendo una nueva de dos viejas. También le gustaban las revistas de chimentos
de la época que hablaban de los personajes televisivos del momento, aficionada
como era a las novelas de la tarde. Aun la recuerdo tejiendo un acolchado al
mismo tiempo que veía la televisión.
Aparte de su trabajo a papá le gustaba investigar y leer, nunca llegué a
entender del todo lo que investigaba pero debo decir en mi favor que era un
buen escucha para sus largas disertaciones sociales, científicas o moralistas.
De él heredé el amor por los libros y no tardé en formar mi propia biblioteca
desde muy temprana edad. Como es de suponerse al principio solo podía hojear
mirando las ilustraciones, lo que me llevo a ser un dibujante autodidacta
también. Cuando al fin supe leer mi horizonte se amplió.
Era un niño más bien retraído en mi propio mundo, aunque alternaba lo
necesario con chicos de mi edad, me la pasaba el noventa por ciento de mi
tiempo solo con mis fantasías. A lo que no tarde en agregarle mis miedos.
La situación laboral de mis padres propició mi encierro, acrecentado por
una tendencia natural de estos a la sobreprotección. Yo era libre, pero dentro
de los límites territoriales de nuestra casa.
Si me interno con toda mis fuerzas en los laberintos de mi memoria no
podría encontrar que alguien me halla dañado físicamente jamás. Pero si anidan
en mí mis miedos irrefutables y perversos, y los rincones de aquella casa
vuelven una y otra vez en forma de pesadillas.
Solamente un hecho puedo citar como factor clave, en la elaboración de
mis íntimas torturas, pero se trata de algo que nunca nadie se molestó en
aclararme.
Una tarde se presento en mi casa una vieja de mirada penetrante y torva,
era mi abuela materna a la que yo sólo conocía de oídas. Ignoro el motivo real
por el que me miraba con notorio desdén, pero lo cierto es que yo no podía
soportar sostener su mirada y su rostro arrugado y anguloso, rematado con un
pañuelo oscuro en la cabeza. De mi abuela paterna y mis abuelos sabia que
estaban muertos.
Afortunadamente esa fue la única vez que la vi., años más tarde murió,
pero yo fui dispensado de presentarme al funeral y al entierro. No guardaba ningún
sentimiento para con ella, por lo tanto eso no me importó en absoluto.
Después de la visita de esta vieja las voces en mi mente aumentaron. No
tardé en ser incapaz de estar mucho rato a solas sin empezar a oír voces
distantes que me llamaban por mi nombre. Sentía una angustia indefinida. Por
aquella época, mis sueños se situaban en la inmensidad de cuartos oscuros
poblados por sombras que dormían en camas enormes. Voces sin rostros que me
hablaban fuerte, casi aturdiéndome. Soñaba recurrentemente con dos manos
poderosas que me sujetaban e intentaban ahogarme con las cobijas. Veía un pozo,
un abismo negro al que caía irremediablemente. Gritaba pidiendo ayuda, pero
nadie acudía.
Mi vida era normal en la mañana y a la tarde, hasta que volvía del
colegio. Pero después de las seis comenzaban mis miedos. Los bultos de ropa en
las sillas con las habitaciones en penumbra. Los cortes de luz en verano. Pero
por sobre todo las miles de formas monstruosas que parecían adquirir los
eucaliptos de la otra cuadra, cuando el sol se iba despidiendo y la penumbra
los recortaba en miles de gigantescas siluetas, que en mi mente adoptaban un
carácter horrible.
Escuchaba por aquel entonces multitud de cuentos de cosas anormales y
terribles que sucedían, o habían sucedido. Si reflexiono un poco al respecto
puedo especular con el hecho cierto de que cada época tiene sus fantasmas. Pero
a decir verdad, a la distancia veo una niñez alegre pero amenazada por un
enemigo invisible, inexorablemente poderoso e impune y a quien ni las lágrimas
ni la suplica pueden conmover.
Quise ser fuerte. Quería ser como los héroes de mis libros o de los
personajes de las series de televisión que miraba. Pero ellos tenían una
ventaja sobre mí: sus enemigos eran concretos, sabían a qué se enfrentaban y
hasta cómo enfrentársele. Yo no. Mis monstruos no tenían forma definida y las
sombras que me llamaban por mi nombre tampoco.
No podría comparar el miedo a la muerte con esos miedos que me invadían.
No. Eran miedos más asociados con la angustia, una sobrecogedora carga de
soledad ante lo inmenso e inevitable.
Una noche fuimos a la casa de mi tío, hermano de mi padre. Vivía en una
quinta en las afueras, cerca de la ruta. Su casa también estaba poblada por
fantasmas, pero estos eran más concretos. Recuerdo que fui al baño y algo me
hizo mirar involuntariamente a la habitación en la que nadie dormía, reservada
para huéspedes ocasionales, y lo que vi me cortó la respiración y me dejo sin
conocimiento.
Recuerdo que espié por debajo de la cama y vi algo como un simio negro
con ojos como brazas encendidas que hacía un gesto, me estaba llamando a su
lado. Mi tía fue la que me descubrió, me despabilaron pero no fui capaz de
contarles lo ocurrido.
Recién varios días después pude referir lo que exactamente me había
pasado. Me calmaron y dijeron que seguramente no había visto realmente aquella
cosa, me atrevo a decir con toda certeza que fingían muy mal. Ellos sí creían
que había visto algo, pero se esforzaron por dejar todo ahí nomás.
Los años han pasado. Mis padres ya no viven y preocupaciones más
concretas invaden mis pensamientos. Pero en ocasiones, cuando me quedo solo,
trato de distraerme con lo que sea y procuro caminar lo menos posible a
oscuras. Porque sé bien que desde las entrañas de mi pasado emerge una casa de
pesadilla, con vida propia, capaz de inducir en mí terrores sin nombre. No
importa a donde vaya en el futuro, aquellos rincones oscuros siempre me
perseguirán.