A un costado una ventana alta, de marco de hierro, vidrios sucios, resquebrajados es una esquina. Lo que no podía entender era la presencia de esos candelabros y altos floreros plateados. Pude adivinar en la pared opuesta, como sombras más oscuras entre las sombras, figuras alargadas dispuestas horizontalmente. Sin saber por qué supe al instante dos cosas: primero era que no podía percibir físicamente ni temperatura ni olores; y segundo, que supe que el aire estaba viciado, y hacía mucho frío en ese sitio.
Me movía liviano en esa pesada oscuridad.
De pronto una pequeña luz que se filtraba a través de la cerradura de la vieja puerta de madera me atrajo irresistiblemente. Me acerque. Me acerqué. Y más aún. La luz me envolvió por completo y dió la sensación que atravesaba la puerta.
Y así, sin más, guiado por la curiosidad, estuve más allá de esas gruesas paredes. Me volví para poder contemplar el sitio de donde había salido. Y fue ahí, cuando la tímida luz del amanecer me mostró en detalle una bóveda y mi nombre escrito en una placa; más allá se extendía una planicie desértica que rodeaba aquel derruido cementerio, en un distante futuro.
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